
El espíritu nos viene de Dios; pero la espiritualidad es una decisión nuestra. Lo primero, por inmediato, es lo carnal, lo que se toca y se ve; luego le sigue lo mental, el pensamiento, la palabra, la razón; por fin viene lo espiritual. "Mas el fruto del Espíritu es amor, gozo, paz, paciencia, benignidad, bondad, fe, mansedumbre, templanza; contra tales cosas no hay ley." (Gal. 5,22). Todo lo espiritual tiende hacia Dios porque, como se refiere al comienzo, el espíritu nos viene de Dios.· Nuestro cuerpo material es mortal, es temporal. Nuestra mente es atemporal pero finita; pero nuestro espíritu es inmortal.· El ser humano, siguiendo la postura tricotomita, se compone de cuerpo, alma y espíritu. El cuerpo es el medio material de expresión del hombre en la naturaleza. El alma es la expresión de la personalidad, voluntad, intelecto, emociones, pensamientos, ideales, experiencias, es decir, lo que nos hace humanos. El espíritu es aquella parte del ser humano que tiene capacidad para comunicarse con Dios, a través de sus funciones: la conciencia, que distingue entre lo bueno y lo malo mediante un juicio directo y espontáneo (no por la influencia del conocimiento), la intuición o conocimiento que viene a nosotros sin ayuda de la mente, y la comuníón con Dios mediante la adoración (no podemos aprehender o asimiliar a Dios solo con nuestros pensamientos, sino solo a través de nuestro espíritu).
La espiritualidad, como forma de vivir, tiene varias dimensiones: una dimensión personal (una forma de vivir en relación que uno mismo), una dimensión social y natural (una forma de vivir en relación con los demás y con la naturaleza) y una dimensión teológica (una forma de vivir marcada por nuestra relación con Dios); esta última es la espiritualidad en la que quiero centrarme, aunque, evidentemente cuando queremos vivir coherentemente nuestra dimensión teológica, ésta influye en nuestras dimensiones social y personal. Esta relación con Dios (la dimensión teológica de nuestra espiritualidad) está determinada generalmente por la vivencia de una determinada fe, y ésto es lo que entendemos normalmente por religión. Las religiones, que duda cabe, nos dan una identidad cultural, pero desde mi punto de vista, lo más importante es la religión vista como encuentro espiritual con la realidad trascendente, es decir, con la divinidad, con Dios.
Creo que vivir una vida sin espiritualidad es andar sin brújula, sin destino, "vivir por vivir". Hoy día, especialmente en los países donde existe la llamada "sociedad del bienestar", estamos apagando la sed de espiritualidad del indivíduo en favor del "tener" y no del "ser". Una sociedad que olvida lo espiritual es una socidad decadente, con tendencia al olvido de los valores positivos ("todo vale, todo es lícito si nos procura mayor placer", aunque resulte ser un bienestar aparente, un placer efímero o una pérdida de valores humanos).
La experiencia religiosa es una de las más hondas experiencias humanas y, encuadrándose dentro del camino para vivir la espiritualidad, por su elevada posición respecto de las demás facetas de la espiritualidad, es la más importante, pues trasciende y sobrepasa todas las espectativas del humanismo. Por ejemplo, si nos fijamos en dos características de los cristianos que llaman especialmente la atención: el perdón de las ofensas recibidas y la predilección por defender al más débil, nos daremos cuenta de esta trascendencia. El cristiano, por amor al otro, no sólo perdona sus ofensas, sino que devuelve bien por mal. Esta actitud sobrepasa toda actitud humana y a muchos deja perplejos; es fácil de decir, pero devolver bien y ayudar a aquel que te ha herido es el signo de haber alcanzado el techo de la espiritualidad y del amor. El cristiano no es competitivo, sino que desea colaborar y pide colaboración. En la naturaleza vemos que impera la ley del más fuerte, como sucede en esta sociedad materialista, pero el cristiano defiende y ama la justicia con predilección hacia aquellos que no se pueden defender, los más débiles, los más desafortunados; con esto sobrepasa las espectativas del humanista más revolucionario, y esto es porque el cristiano está inspirado por el Espíritu de Dios, ha dejado sus propios intereses materiales para atender a los intereses espirituales, sometiéndose voluntariamente al proyecto de Dios. Todos los humanos, como hijos de Dios que somos y a través de nuestra conciencia inspirada por Dios, estamos llamados a hacer el bien; pero los seguidores de Jesús, cuando siguen incondicionalmente al Maestro, rozan la perfección en el amor.